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El Filandero

El filandero, filandón, filorio, hila o velada de aldea, que todas estas denominaciones recibe según las comarcas, era una de las distracciones invernales que mezclaba e trabajo casero con la convivencia vecinal. Días cortos y noches interminables impulsaban a estas reuniones de gentes amigas o emparentadas.
Cuando el viento silbaba en la calle arrastrando las celliscas y formando tornas de nieve y lejos se oía el aullido del lobo, el ladrido del raposo y el graznido del chotacabra, acudían las gentes ya cenadas de sopas de ajo y el cuenco de leche a la cocina de una familia muy receptiva para celebrar el filandero, y con una pauta ya impuesta de generaciones atrás como si fuera un rito.
Se soplaba el fuego de leños con el fuelle y se comenzaba la hila ante un silencio sepulcral con la lectura del santo del día o el rezo del rosario, regalando padresnuestros en abundancia por las obligaciones de vivos o difuntos.
Las mujeres abrían sus cestillos de costura, otras fincaban la rueca en la cinta del mandil y comenzaban a estirar el copo de lana o lino, haciendo girar el fuso para que la torcida fuera alargándose y recogiéndose en la mazorca; otras tejían un jersey, calcetines con cinco agujas o confeccionaban escarpines. Las mozas y mozos a guiñarse de vez en cuando, o se recogían estopas y se acercaban al candil, entonando la cantinela popular:

 

Fulana y Fulano se quieren casar,
      Las estopas ardiendo la verdad dirán.

 

En los hilanderos se observaban sus leyes. Había que pedir permiso a la dueña para celebrarlo a lo largo de la estación invernal. Se lucía con el candil de aceite y torcida de estopa, que se pagaban a escote entre las familias asistentes con un horario fijo de nueve a doce, horario solar en aquella época.
Una vez en el invierno se celebraba la fiesta del filandero. Aquel día las mujeres no traían útiles de trabajo en su cestilla, sino nueces, avellanas, rosquillas caseras, buñuelos, frisuelos. El vino corría por cuenta de la casa, y es de notar que solía tomarse vino por Navidad y la siega de la hierba; y el pan, que costaba el saco de harina de trigo un par de duros más que el de centeno, pues aunque fuera acomodada la familia se ahorraban los dos duros y se comía pan de centeno.
El día de la fiesta del filandero se cantaba bailaba y se chismeaba animando el jolgorio. La pandereta era hábilmente manejada y salpicando picarescas tonadas cargadas de ironía.

Bailad, mocitas, bailad,
Por mozos no tengáis pena,
que ha venido un barco lleno
a perrina la docena.

Las conversaciones eran de variados temas, referentes a la vida comunitaria y alrededor del área pastoril, cereal, los carreteros a Campos, el anecdotario sobre la vida al otro lado del charco Atlántico donde se labraban las fortunas de los que se habían ido años atrás, los cuentos, las tradiciones, las leyendas o los romances que entonaban las viejas entre los recuerdos amorosos y vengativos.
También se recitaba la oración a San Antonio para impetrar el favor del santo en el hallazgo de cosas perdidas, ganados que se libraron del mal de ojo que había entrado en alguna familia.
Se comentaba la visita del mozo forastero que andaba rondando la moza del pueblo, y había que organizar la captura para cobrarle el piso, que solía ser un cántaro de vino, y la mocedad se portaría bien el día de la boda acompañado con el tambor moceril y las canciones de despedida de la novia.
Juegos de filandero como el de la manta, las prendas, el escarpín, todos ellos en el jolgorio moceril, que aprovechaba el mozo para dar un respingo a la guapa moza.

 

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